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El pasado 4 de Febrero el mundo se hacía eco del Día Mundial Contra el Cáncer, una enfermedad que interrumpe, que no avisa a nadie, no entiende de estratos, de clases sociales o dinero.

Una enfermedad que arrasa con todo los que encuentra y lo hace sin piedad, sin tener en cuenta si te viene bien o no recibirlo. Sin tener en cuenta si es un buen momento para ponerlo todo patas arribas o no y que cada año afecta a más personas en todo el mundo.

Genera un impacto psicológico devastador. Hará temblar y romperá los cimientos hasta del más fuerte. No contemplará si es o no bienvenido. Llegará de repente y durante un tiempo, quizás creas que es el dueño de tu vida. Pero no lo es.

De entrada te costará creer que te pueda estar pasando a ti. Luego querrás contrastar ese diagnóstico pidiendo una segunda opinión. Te cabrearás, te entristecerás y volverás a empezar. Llegará la aceptación, la puesta en marcha que te hará crecer, resurgir.

Te verás expuesto a muchísimos momentos de incertidumbre. Al principio aparecen muchos: “y si hubiera hecho esto o aquello…” Sólo mira hacia atrás para aprender a quererte más, a dedicar más tiempo a cuidarte, no a buscar culpables. No te martirices porque hiciste o dejaste de hacer, si es bueno para tí, ponlo en marcha ahora.

Aparecerán muchas emociones que aunque desagradables, serán necesarias para que puedas avanzar. El miedo por ejemplo, te ayuda a parar y ser más precavido o la tristeza a reflexionar. Sin embargo manejarlas no va a ser tan fácil siempre.

 

¿Dirías que la ira sirve para algo?

 

La rabia o ira, es una emoción frecuente en muchos momentos del proceso oncológico. Es una de las más complicadas de manejar y que más daño generan a la persona que la experimenta y hacia quienes es dirigida.

Incluso esta emoción es necesaria, tiene un poder adaptativo siempre que esté bien gestionada. El problema viene cuando nos atascamos en ella, cuando está mal dirigida o ventilada.

“No podría dejar de pensar que todo era una mierda. Que no era justo lo que
me estaba pasando, que nadie me entendía realmente. Y entonces exploté, una y otra vez. Todos eran felices menos yo, por qué me tenía que pasar a mi, no es justo, no lo merezco”

La ira es un emoción exaltada, que desborda, que puede llegar a cegar. Surge de la frustración ante algo que deseamos y que no logramos obtener o bien, ante algo que consideramos injusto.

Como todas las emociones, se podrá expresar con diferentes intensidades. Puede ir desde una ligera irritabilidad hasta una gran indignación, ira o incluso furia. De forma natural busca salir, descargarse, y de ahí que pueda llegar a generar muchos conflictos si nos cuesta manejarla.

¿Recuerdas que te decía que a pesar de todo, era una emoción adaptativa, que nos aporta algo positivo? Pues bien, esta emoción que surge de la frustración, tiene la función de poner límites, de generar cambios ante algo que no nos gusta, que no queremos, permite proteger nuestro propio espacio.

Ante el cáncer te podrás sentir expuesto constantemente ante cada revisión, ante cada aplicación de la quimio, de la radio, de cualquier tratamiento, de las pruebas, a la hora de decirle a alguien a quien quieres lo qué te está pasando, al comunicarlo en el trabajo, al quedar expuestos otros problemas previos por ejemplo con la pareja, en casa, con los hijos. El cáncer es un experto en revolverlo todo, en sacarlo todos la luz. Bueno o malo.

Habrá momentos, que verás como la enfermedad parece que viene a “meterse” en tu propio espacio, ese que considerabas tuyo, en tu futuro, en tu proyecto de vida y ha llegado este diagnóstico esta enfermedad para pararlo.

Pues sí, el cáncer lo interrumpe todo, absolutamente todo. Aunque volverá a ponerse en marcha, el frenazo lo experimentarás. ¿Cómo no vas a enfadarte ante algo que no has pedido, pero que ha llegado de repente y lo para todo, lo cambia todo?

Lo más lógico por tanto, es que reacciones con ira para provocar un cambio. En este caso, es una respuesta totalmente saludable.

 

¿Cómo es experimentar la ira?

 

Para poder “decir que no”, puesto que estamos rechazando algo que consideramos injusto, necesitamos que el cuerpo esté en tensión.

Cuando aparece la ira, los músculos se tensan, apretamos la mandíbula, cerramos los puños, los niveles de adrenalina y noradrenalina se disparan (neurotransmisores), el ritmo cardíaco se puede acelerar, para defendernos o también atacar, las dos respuestas para las que venimos predeterminados.

Es decir, que el cuerpo se llena de energía y se dispone a la acción o la agresión para poder así poner un límite a esta situación ante la que nos sentimos expuestos.

La expresión de la rabia va en la línea de aliviar esta tensión: elevando la voz, golpeado algo, luchando.

Cuando estábamos en la prehistoria nos venía muy bien esta expresión natural de la ira, pues podíamos liberar toda esa emoción y defendernos. Sin embargo, cuando hablamos de expresarla ante una situación crónica y no tan puntual como es el cáncer, es un poco más complicado.

 

¿Dónde está el límite, cuándo la ira es negativa?

 

Vernos expuestos constantemente antes situaciones como salas de espera llenas, horas y horas de retrasos, vernos diferentes tras ciertos tratamientos incluso no llegando a reconocernos, enfrentarnos a la recogida de resultados sin saber qué esperar… son sólo algunos ejemplos de lo que vivirás día a día y que podría impactarte activando la rabia o ira.

No saber cómo descargarla o descargarla inadecuadamente, nos puede llevar a distorsionar la emoción original. Lo que hace que pierda su valor positivo, por ejemplo amargándonos, resintiéndonos, “explotando” con quien más queremos después de callar mucho la rabia contenida.

Ver la vida constantemente con unas gafas de rabia lleva aparejado mucho sufrimiento emocional extra, que no te permite avanzar, pudiendo deteriorar enormemente tus relaciones sociales e incluso tu adherencia a los tratamientos.

 

¿Cómo podemos ventilarla?

 

A continuación, te facilito los primeros pasos para que mantengas a raya la ira y la puedas usar como una “alarma” que te avisa de que necesitas cambiar algo en tu vida y te mueva hacia algo positivo.

Pueden parecer pasos sencillos al principio, pero no lo son tanto. Si alguna te cuesta, acude a una psicooncóloga, somos los especialistas en echarte una mano a la hora de gestionar el malestar, incluso este, ante el cáncer:

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Identifica tu emoción

Ponle nombre. A veces sólo sabemos que nos sentimos mal, pero nos cuesta ponerle nombre a la emoción. Si no sabes lo que sientes puedes preguntarle a otros cómo te ven, o incluso identificarla con un color o una forma. Observa tu cuerpo: mandíbulas, tensión, comunicación no verbal, cómo le estás hablando a los demás, cómo te estás hablando a tí mismo.

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2. Legitima tu emoción, permítetela

Asume que existen motivos objetivos por los que estás enfadado. Tienes derecho a sentirte enfadado.

3. Refuerza tu autocontrol

Piensa en cómo te gustaría actuar. ¿Quieres estar más tranquilo? ¿No hablarle mal a los demás? ¿No sentirte fuera de control?. Dirígete hacia esa postura.

4. Ventila tu ira por medio de otro canal

¿Qué otras cosas hacías antes para descargar la tensión o rabia? Si es posible en tu situación retomarlo, hazlo. Si no tienes este recurso disponible, puedes empezar por hablarlo, escribirlo, expresarte pintando o dibujando o incluso haciendo ejercicio. Con esto, irás descargando gran parte de la rabia por lo que generarías en efecto de desahogo y amortiguación de esta emoción para que no se convierta en un problema.

¿Cuándo debería consultar con una Psicooncóloga?

 

Recuerda que es una emoción adaptativa siempre y cuando la sepamos ventilar correctamente y en el momento adecuado.

Cuando nos atascamos en ella durante mucho tiempo, está dirigida fuertemente hacia otra persona o uno mismo, tienes un problema serio. Ese es el momento de consultar con unos de nosotros para comprender qué te pasa y poder redirigirla hacia algo que te aporte calidad de vida.

Si sientes resentimiento, cierta rabia, te das cuenta de que te cuesta no estar enfadado, también puedes consultar con una psicooncóloga para ventilar esta emoción y que no se convierta en una carga para ti.

 

Y tú, ¿sientes ira?

 

Ariadna González
Psicóloga Sanitaria y Psicooncóloga

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