Cita previa: 661 317 558 Horario: Lunes a Viernes de 9.00 a 20.00 hola@ariadnagonzalezpsicologa.com

Cuando las personas sentimos, pensamos, hacemos y hablamos en consonancia, es decir que se parece todo esto, decimos que eso es coherencia.

No importa si es bueno o malo, si te ayuda o te destruye, sostenemos la coherencia porque la necesitamos para vivir.
Si te sientes mal, piensas mal, hablas mal y evidentemente actúas en consecuencia, vas a ir dándole coherencia a tu vida aunque el final no sea nada halagüeño.
Esto responde a los patrones de certidumbre en lo que vivimos los seres humanos. Cuando creemos algo acerca de nosotros mismos y añadimos emoción a ese pensamiento, de repente comenzamos a actuar y a hablar en consonancia a ese estado emocional.
Esto cierra un círculo perfecto que yo llamo “círculo de coherencia”.
Cuando yo era un veinteañero, experimenté una depresión que se alargó siete años, demasiados para ser tan joven.
Realmente no fue algo que tuviera que medicarme, simplemente era ese estado depresivo al que terminé denominando “depresión socialmente aceptada”. Tu sabes a lo que me refiero, es ese estado que más del 80% de la población se ha encontrado alguna vez en su vida: perdida de sentido, vacío existencial, desorientación vital… en fin, deprimido.
Un amigo me preguntó en una ocasión: ¿Pepe, hasta cuando vas a elegir sentirte así? Aquella pregunta me fastidió tanto que deje de hablarle durante un tiempo.
Yo era de los que me sentía mal y andaba echándole la culpa a cualquier persona de mi alrededor. Nunca era por mi. Realmente podría decir que tenía motivos suficientes para estar deprimido (elijo no contarlos en este artículo por privacidad).
Yo era enormemente coherente con aquel estado depresivo; no sólo me sentía mal, sino que además pensaba mal de mi y de la vida –demasiado pensamientos crueles y auto-destructivos, mi lenguaje cambió radicalmente; ahora me quejaba, me lamentaba… y por supuesto mis acciones eran coherentes con mi emoción: comía de manera compulsiva (pasé de 78 kilos a 129 en un solo año) bebía en exceso, fumaba, deje el deporte… Hasta la música que elegí en esa época cerraba mi circulo de coherencia.
Recuerdo una mañana a mis 29 años, tras una borrachera sin antecedentes, sentarme en el suelo frente a un espejo que descolgué de un baño de la casa de campo de mis padres. Me miré fijamente durante minutos, sintiendo más lástima que otra cosa de mi mismo. Me surgió una pregunta que hizo eco en mi alma: ¿Y si fuera verdad lo que me preguntó mi amigo… y si fuera mi responsabilidad sentirme así? La respuesta no me gustaba demasiado al principio, pero en breve abrió un haz de luz en mi oscura existencia de esos años.
Darme cuenta de que llevaba demasiado tiempo sosteniendo una estrategia que me ayudaba a mantener ese estado depresivo fue una de las cosas mas reveladoras que he experimentado en mi vida.
Años después, me doy cuenta rápidamente como las personas caemos en “círculos de coherencia” con una facilidad enorme y lo peor: que los defendemos hasta el final, creyendo que “tenemos razón”… que las cosas son así y punto.
Ser atrapado por un circulo de coherencia que acaba con tu vida (física, emocional o espiritual) es de lo más normal. A las personas nos gusta “tener razón”, la droga más peligrosa del siglo en el que vivimos… y la más adictiva.
Auto convencerte que mereces, debes, tienes o simplemente estás mal porque es “lo que toca”, es un buen inicio para garantizar una depresión a medio o corto plazo… sólo es cuestión de ir creando las estrategias adecuadas en lo referente al lenguaje (interno y externo) fisiología, acciones…
Te invito a que pienses cuánto de coherente estás siendo con lo que eres hoy, a pesar de que hay cosas que no te gustan de “ese hoy”. Cosas de ti, de tu alrededor, de tu salud, de tus relaciones, de tu vida profesional… y observes cómo cierras ese círculo de coherencia, a la que llamo “coherencia ilógica”.
Es ilógica, porque si realmente quieres ser o hacer cosas diferentes, no tiene sentido alguno mantenerte siento coherente con lo que estas siendo ahora.
Atreverte a “ser insolente” con lo que estás siendo y declarar lo que te gustaría que te pasara en tu vida es un buen paso para “hacer que las cosas pasen”.
¿Te atreves a declarar lo que quieres ser, lo que quieres hacer y lo que te gustaría tener?
Si te animas, te invito a que lo redactes, lo escribas (con lujo de detalles) y una vez escrito y leído muchas veces por ti, te preguntes ¿Qué pensaría de mi mismo/a si ya fuera así? ¿cómo hablaría? ¿cómo me movería? ¿cuáles serian mis relaciones? ¿cómo me alimentaría?
Te invito a que seas coherente con la visión declarada, es decir a actuar como si ya fueras esa persona. Hablar así, moverte así, caminar así, pensar así de ti… te prometo que tu estado emocional cambiará radicalmente. Empezarás a crear otro circulo de coherencia más acorde a tus deseos.
Soy consciente (por experiencia propia y por mi profesión) que al principio te resultará de lo mas raro. Te escucharás diciéndote “por Dios, deja de engañarte”. Es cuestión de seguir creyendo en tu visión y mantenerte firme en tu decisión de ser coherente con esa declaración.
Imagina que quieres adelgazar unos kilos, pero sólo estas dispuesta a dejar de comer dulces cuando estés delgada. ¿Verdad es que ilógico? Actúas en base a la declaración de estar mejor de peso, es decir, aunque hoy sobren esos kilos, no esperas a estar delgada para dejar de comer dulces, sino que dejas de comer dulces para estar algún día delgada.
Da pequeños pasos hacia tu visión declarada y lo mas importante: Llegues o no a esa visión, disfruta del proceso. Lo más importante siempre es el camino, nunca el destino.

¡Recupera la sonrisa!

Siéntete bien, afróntalo con optimismo y vive sin miedo

Share This